[Leyenda personal]
Había amado a una mujer.
De eso estaba seguro.
Lo decía sin dudarlo:
—La amé profundamente.
Sin embargo, con el paso de los años comenzó a preguntarse cuánto de aquel amor pertenecía realmente a lo que habían vivido y cuánto había sido transformado por su memoria.
Porque los recuerdos no permanecen quietos.
El tiempo los toca, los modifica, los mezcla con los sueños y, algunas veces, con aquello que hubiéramos querido que sucediera.
Así había nacido dentro de él una especie de leyenda personal.
En ella convivían verdades, ilusiones, momentos reales y otros que ya no sabía distinguir.
Pero había algo que permanecía intacto:
la intensidad de aquella pasión.
Habían vivido su amor como si el mundo exterior dejara de existir.
No necesitaban demasiado.
Una mirada podía decirlo todo.
Un silencio podía convertirse en conversación.
Una noche cualquiera podía transformarse en eternidad.
Y aquellos días, que entonces parecían normales, terminaron convirtiéndose con el tiempo en los momentos más extraordinarios de su vida.
Habían creado, sin proponérselo, un pequeño universo.
Un lugar donde solamente existían ellos dos.
Su propio paraíso.
Después llegó la enfermedad.
Al principio no comprendió lo que estaba sucediendo.
Quizá nadie comprende de verdad la dimensión de una pérdida mientras todavía tiene la posibilidad de evitarla.
Él creyó que habría tiempo.
Tiempo para hablar.
Tiempo para decir lo que sentía.
Tiempo para comprender cuánto significaba aquella mujer para él.
Pero la enfermedad avanzó.
Y entonces descubrió, demasiado tarde, la magnitud de sus sentimientos.
El fuego que había ardido con tanta fuerza se apagó de repente.
No lentamente.
No como una vela que va consumiéndose poco a poco.
Fue como si alguien hubiera cerrado una puerta entre aquel mundo y el suyo.
Después vino el silencio.
Y con el silencio, el dolor.
Intentó continuar.
Conoció a otras mujeres.
Tuvo otras relaciones.
Buscó afecto.
Compañía.
Incluso llegó a pensar que quizá un nuevo amor podría borrar el anterior.
Pero pronto comprendió que no era así.
Las nuevas relaciones podían ofrecerle momentos agradables.
Podían aliviar la soledad.
Podían convertirse en un calmante.
Pero solamente eso.
Un calmante momentáneo para un dolor demasiado profundo.
Porque el problema no era estar solo.
El problema era que una parte de él seguía viviendo en aquel lugar donde había sido feliz con ella.
Por eso, con los años, comenzó a preferir la soledad.
No porque hubiera dejado de necesitar amor.
Sino porque ya no quería utilizar a otra persona para escapar de un recuerdo.
Una noche se sentó frente a una hoja en blanco.
Decidió escribirle un poema.
No sabía si alguna vez alguien lo leería.
Quizá ni siquiera quería terminarlo.
Escribió sobre aquello que en silencio se habían dicho.
Sobre las miradas que reemplazaron palabras.
Sobre las noches compartidas.
Sobre los días en que caminar juntos parecía suficiente para transformar el mundo.
Escribió sobre aquel pequeño paraíso que habían construido sin darse cuenta.
Escribió sobre la enfermedad.
Sobre su propia incapacidad para comprender a tiempo cuánto la amaba.
Y escribió sobre la ausencia.
Pero cuando llegó al final, se detuvo.
No pudo escribir la última estrofa.
Dejó la pluma sobre la mesa.
Desde entonces, el poema permaneció inconcluso.
A veces volvía a él.
Leía unos versos.
Corregía una palabra.
Agregaba otra.
Y después volvía a dejarlo.
Quizá el poema no terminaba porque tampoco había terminado su historia.
Eso pensaba.
Había quienes le decían que debía aceptar el pasado.
Que el tiempo había seguido adelante.
Que debía vivir el presente.
Él los escuchaba.
No discutía.
Sabía que tenían razón.
Pero también sabía algo que ellos no podían comprender.
Hay amores que no desaparecen simplemente porque haya pasado el tiempo.
Se transforman.
Dejan de ser presencia para convertirse en memoria.
Dejan de ser compañía para convertirse en una conversación interior.
Y algunas veces se convierten en esperanza.
Por eso, cuando alguien le preguntaba si todavía pensaba en ella, respondía tranquilamente:
—Sí.
Y si le preguntaban si esperaba volver a encontrarla, sonreía.
No podía demostrarlo.
No tenía ninguna certeza.
Pero en lo más profundo de su corazón estaba convencido de que ella lo esperaba.
Quizá en algún lugar.
Quizá en otra forma.
Quizá en un tiempo que todavía no comprendía.
No sabía qué habría después de esta vida.
No sabía si el universo guardaba algún secreto para los amantes que habían quedado separados.
Pero había decidido no convertir su esperanza en una exigencia.
Simplemente la llevaba consigo.
Como llevaba el poema.
Como llevaba aquel amor.
Una tarde volvió a sentarse frente a la hoja.
La luz entraba suavemente por la ventana.
Tomó la pluma.
Escribió una sola frase:
“Si alguna vez volvemos a encontrarnos, no tendremos que explicarnos nada.”
Y dejó nuevamente el poema sin terminar.
Afuera comenzaba a soplar el viento.
Él cerró los ojos.
Por un instante creyó escuchar su voz.
Sonrió.
Después guardó el poema en el cajón.
No lo terminó.
Tal vez porque algunas historias no terminan cuando las personas se separan.
Tal vez porque hay sentimientos que no necesitan un punto final.
O quizá porque, en algún rincón secreto de su esperanza,
él todavía estaba escribiendo el comienzo
de su próximo encuentro.
:::JuanAntonio Saucedo Pimentel