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El Gran Libro

El Libro Cuando nació la idea de escribir fue como la tormenta que de pronto aparece en el horizonte anunciando con relámpagos y truenos...

miércoles, 4 de junio de 2025

Un grito desesperado



“Cuando el mundo te olvida”

Un padre en medio el infierno de Gasa.


Yo sé lo que es morir viviendo

 Imposible describir lo que es este infierno

No solo el estómago vacío, la sed, o la violencia

sino el alma desgarrada viendo morir a los tuyos

día tras día,

como si la muerte jugara a contar segundos

con el tic-tac de una lenta agonía 

Otra explosión,otro edificio se derrumba, 

Gritos, lamentos, llanto, insultos

El tumulto, buscando en los escombros 

Solo por que aún no deja de existir

La fraternidad, pero…


No hay consuelo en el amanecer

cuando lo único que trae la luz

es la certeza de otro día de martirio.

El mundo sigue,

pero para ti se ha detenido,

se ha olvidado de tu nombre,

de tu historia,

de que una vez también fuiste niño,

madre, padre, risa, abrazo.


La esperanza se deshace como migas en el viento,

y el corazón se endurece,

no por maldad,

sino porque la desesperación

es el único refugio que queda

cuando ya no hay nada que perder.


Y entonces llega el coraje,

y con él la violencia,

porque ya no hay más miedo,

porque el dolor ha dejado de doler

y solo queda rabia,

la de ver los despojos de lo que fue vida,

de lo que fuiste tu algún día 


No escribo esto para herirte,

sino para recordarte que aún estamos aquí,

aunque nadie nos vea,

aunque el mundo prefiera cerrar los ojos.

Porque lo que se calla,

se pudre.

Y lo que se nombra,

quizá…

algún día,

se recuerde y sirva de ejemplo, para que no se repita.


Y al final, solo quiero invitarte a que sientas conmigo:

tres días sin agua, sin alimento.

Sentirás lo que siento tan solo un momento,

porque yo veo morir a los que amo en ese tormento,

Mueren en mis brazos, miro sus ojos y  en su último aliento

Quisiera también partir.



A ti que estás lejos… solo quiero invitarte a que sientas conmigo:

Si tienes corazón inténtalo


Tres días sin agua… sin alimento.


Sentirás lo que siento… tan solo un momento…


Porque yo veo morir a los que amo en ese tormento…


Sin poder pronunciar… una oración, una palabra de aliento

Una riqueza inesperada

La Herencia de Sharakova

En el corazón de las montañas, rodeado de un verde que parecía cantar con el viento, estaba el pueblo de Las Joyas Vivientes. El nombre no era casual. Las flores, los colibríes, las piedras que brillaban bajo el sol y, sobre todo, la gente que ahí vivía, tenían algo especial: una sabiduría ancestral que se sentía en cada remedio, cada leyenda y cada sonrisa.


Aquel lugar fue el destino de Sharakova, una joven bióloga rusa que llegó como parte de un proyecto para estudiar la flora y la fauna de la región. Pero en vez de regresar a su país tras terminar su trabajo, el pueblo la atrapó con su calor humano, su misterio y su verdad. Se enamoró de un hombre del lugar, con quien compartía la pasión por la vida sencilla y el respeto por la naturaleza.


Se casaron en una celebración tan colorida como el amanecer sobre los cafetales. Cuando sus padres vinieron desde Rusia para asistir a la boda, Sharakova les obsequió frasquitos con extractos naturales que los curanderos del pueblo usaban con sabiduría. “No los vean solo como cosas exóticas —les dijo—, sino como mensajes de la tierra.” Cada frasco lleva un tesoro, si logran descifrar la fórmula tendremos medicamentos para varias enfermedades.


Su padre, científico también, llevó los extractos a un laboratorio de Moscú. Con el tiempo, comenzaron los análisis, las pruebas, los estudios clínicos. Lo que empezó como curiosidad se transformó en innovación. Aquellas fórmulas, mejoradas y registradas, fueron patentadas. Los medicamentos resultantes ayudaron a miles de personas, y las ganancias se multiplicaron. Pero Sharakova, fiel a su visión de vida, nunca usó ese dinero. Lo dejó en una cuenta, en silencio, como si supiera que un día sería útil para algo más grande.


Décadas después, una descendiente ,su nieta, una joven de mirada profunda y nombre sencillo, Lía, recibió una noticia que la dejó sin aliento: era heredera de una fortuna inesperada. ¿Qué hacer con tanto? En vez de lujo, eligió propósito. Fundó la Fundación Sharakova, destinada a becar a jóvenes con talento que quisieran estudiar en el extranjero, pero también a construir escuelas del futuro, donde la tecnología conviviera con los valores humanos y las tradiciones de los pueblos originarios.


Las escuelas eran espacios vivos: aulas rodeadas de jardines medicinales, paneles solares que respetaban el entorno, pizarras digitales junto a tejidos artesanales y relatos en lenguas indígenas. Allí, una de las maestras más queridas era Sara, quien había regresado de China luego de profundos estudios en administración ,idiomas y robótica,  habiendo vivido varios años en una ciudad donde los avances tecnológicos y científicos eran extraordinarios, Sin embargo, su enseñanza iba más allá de los circuitos y algoritmos.


—“Niños —decía con voz serena mientras en la pantalla se mostraban dispositivos robóticos—, recuerden siempre esto: no hay tecnología tan avanzada que pueda reemplazar un corazón que sabe sentir, una mente que sabe pensar y unas manos que saben cuidar. Lo que hacemos debe mejorar la vida. Si no protege a las personas ni al planeta, no sirve.”


Los alumnos la escuchaban con atención, porque sabían que en esa escuela no solo se les preparaba para un empleo, sino para una vida con sentido.


Sara les contaba cómo en su viaje había visto ciudades inteligentes, pero también niños sin hogar. Robots que operaban con precisión milimétrica, pero selvas destruidas por codicia. Por eso, les decía que el verdadero avance no está en los inventos, sino en el propósito con que se usan.


Cada mañana en Las Joyas Vivientes es como un poema sin prisa. El sol se asoma despacito entre las montañas, tiñendo de oro los tejados de teja roja y las paredes adornadas con macetas llenas de bugambilias y geranios. Las calles, de piedra antigua y gastada por tantos pasos, reciben a los niños y jóvenes que caminan hacia la escuela con una mezcla de emoción y esperanza.


El aire huele a café recién hecho, a pan de maíz y a leña. Desde las cocinas se oyen voces dulces: “¡Pórtate bien!”, “¡Aprende mucho!”, “¡No olvides quién eres!”. Son palabras que parecen sencillas, pero llevan siglos de historia. Porque en ese pueblo, educar no es solo aprender letras y números; es recordar que se viene de hombres y mujeres que lucharon, cuidaron, y sembraron valores como quien cuida un huerto sagrado.


Los ancianos, sentados en los portales, ven pasar a los estudiantes con orgullo y nostalgia. “¡Mira nomás a la hija de Teresa! Va bien derechita con su uniforme nuevo… ¿y ese, no es el hijo del alfarero? El que alguna vez se inspiró y dejó las esculturas surrealistas en el sendero, Lleva una tableta, sí, pero también sabe amasar el barro con las manos de su abuelo…”


La escuela del futuro se alza sin imponerse, con sus techos ecológicos y muros vivos, hecha con materiales de la región y decorada con murales que cuentan la historia del pueblo. No se trata de olvidar el pasado, sino de llevarlo en el corazón mientras se mira lejos.


Dentro, Sara —la políglota sabia y cálida— inicia la jornada con una frase que repite como mantra:


“No hay conocimiento más valioso que el que sirve para cuidar a otros. Y no hay avance real si no se lleva de la mano de la tierra.”


Junto a ella, su esposo organiza las actividades con una mirada serena, heredada de aquel padre al que algunos llamaron demente, pero que hablaba con lucidez de un mundo donde lo útil debía ser también bello, y lo bello, profundamente humano. Las tiendas de artesanías que heredó se convirtieron ahora en centros de aprendizaje, donde se enseña a valorar lo hecho a mano, lo auténtico, lo que tiene alma.


La Fundación Sharakova no solo construyó aulas y laboratorios, sino que fortaleció el alma del pueblo. No impuso modernidad, la tejió como un rebozo: hilo por hilo, con respeto.


Y así, Las Joyas Vivientes se convirtió en un ejemplo silencioso de cómo un pueblo puede abrazar el futuro sin soltar la mano de sus ancestros. Donde cada amanecer no borra lo anterior, sino que lo ilumina con nueva luz.





martes, 3 de junio de 2025

El tesoro repartido

*Evaristo y las monedas del monte*


Dicen en los pueblos que hay hombres que pasan sin dejar huella. Pero también dicen que hay otros que caminan tan despacio, tan cerca de la tierra, que dejan semillas en cada paso.


Evaristo fue uno de esos.


Cuando encontró un cañón con monedas de oro, no soñó con palacios ni lujos. Ni siquiera pensó en escapar lejos. Soñó con cosas pequeñas, pero profundas: una casa propia, un huerto, un amor sincero, y poder ayudar a quienes siempre lo habían querido sin conocer su nombre.


Así que repartió las monedas como quien siembra maíz en la montaña: con cuidado, en lugares donde sabía que darían fruto.


Dejó una en el escritorio del maestro de San Juan, envuelta en papel de estraza y atada con hilo de cáñamo.  

Otra apareció entre los libros de la biblioteca comunitaria de La Ciénaga.  

Una más fue hallada dentro de la olla donde la curandera preparaba sus infusiones.  

Y otra, incluso, llegó hasta el consultorio de un médico rural que ya no podía pagar los medicamentos para sus pacientes.


Nadie supo nunca quién las dejó.  

Algunos dijeron que fue un espíritu del monte.  

Otros juraron que fue un ángel disfrazado de campesino.  

Un niño contó que lo vio volar sobre un jaguar de luz.


Pero todos usaron aquellas monedas para algo bueno.  

El maestro amplió la escuela.  

La curandera abrió un taller de plantas medicinales.  

El médico logró traer vacunas a su comunidad.  

Y en cada lugar donde cayó una moneda, nació algo nuevo: un centro cultural, una biblioteca, una cooperativa de agricultura sostenible.


Mientras tanto, en las grandes ciudades, expertos, arqueólogos y cazadores de tesoros perdieron meses tratando de encontrar el origen de aquellas piezas únicas.  

Hicieron perfiles psicológicos del posible saqueador.  

Ofrecieron recompensas.  

Hasta se creó una serie documental, intentando que alguien diera datos para conocer el origen de esas valiosas monedas.


Pero jamás encontraron nada.  

Porque Evaristo no era un criminal.  

Ni un ladrón.  

Ni un traficante, y nadie sabía que era quien había tal repartición.


Era simplemente un hombre que entendió que el oro no debe brillar en manos solitarias, sino **sembrarse entre muchos para que dé sombra y alimento**.

Porque como le había dicho su abuelo y bien lo recordaba, “entre fama , riqueza, y poder, tu alma se puede perder.

Se fue al monte y allí construyó su cabaña con adobes hechos por él mismo.  

Sembró frijol, maíz, calabaza.  

Crió gallinas y aprendió a hacer pan de leña.  

Y se casó con Julia, la mujer que siempre había estado allí, aunque él tardó en verla.


Juntos criaron hijos fuertes, inteligentes, curiosos.  

Y cuando alguien preguntaba cómo había llegado a tener tanto, él solo sonreía y decía:


> — Yo no tengo mucho. Solo suficiente para vivir bien, y compartir mejor.


---

Reflexión final (con ironía):


A veces, los seres humanos buscamos respuestas en lo alto, en lo complejo, en lo digital, en lo que brilla.  

Pero quizás, como Evaristo, la verdadera sabiduría esté en lo simple, en lo que puedes tocar, en lo que puedes construir con tus manos, en lo que puedes regalar sin esperar nada a cambio.


Él no necesitó una IA que le dijera qué hacer.  

Él, con su corazón limpio, supo antes que nadie que el futuro no está en controlarlo todo…  

Sino en saber cuándo soltar.




¿Qué eliges?

Sara regresa a dar clases



🌟 Sara y la Escuela del Futuro: Un Viaje al Mañana


En la luminosa aula de la Escuela del Futuro, los estudiantes esperaban con entusiasmo la llegada de Sara, su maestra asistente favorita. Con una sonrisa contagiosa, Sara entró y saludó:


—¡Buenos días, exploradores del conocimiento! Hoy, viajaremos juntos al a otra ciudad para descubrir cómo la tecnología y la ciencia están mejorando nuestras vidas.


Los ojos de los alumnos brillaron de emoción mientras Sara comenzaba su relato.


Un día fui a la tienda de auto servicio y encontré a una amiga china , estudiamos en la misma universidad y me invitó a que le acompañara a su casa para conocer a sus padre, vi que sacó su teléfono y de pronto su auto apareció sin conductor, llegó hasta donde nos encontrábamos y se detuvo.


—Imaginen salir de una tienda y, con solo usar su teléfono, llamar a su auto para que venga a recogerlos. Estos vehículos autónomos se conducen solos, respetando las señales de tránsito y llevando a las personas de manera segura a su destino.


Los estudiantes se miraron asombrados, soñando con la comodidad y seguridad que estos autos podrían ofrecer.

 Los padres de mi amiga ya son personas mayores y viven en una pequeña casa de una sola planta , muy cómoda, rodeada de jardines donde los robots cortan el césped y automáticamente se riega, dentro ellos tienen todas las comodidades del mundo moderno, con un solo control pueden abrir la puerta, recorrer las cortinas en ventanas, encender luces, el televisor, o comunicarse por internet con quienes desean, además tienen un pequeño robot que parece un gran plato que aspira la casa y solo se coloca en su centro de recarga. Una maravilla ! Ellos me explicaron que cuentan con asistencia médica a distancia.


—En los hospitales, los robots ya asisten en cirugías complejas, diagnosticando enfermedades a distancia y guiando a los pacientes en sus tratamientos. La inteligencia artificial permite una atención médica más precisa y accesible para todos.


Los alumnos reflexionaron sobre cómo estas innovaciones podrían salvar vidas y mejorar la salud en sus comunidades.


Otra de las cosas que seguramente ustedes podrán experimentar es el transporte en 

—Los trenes de levitación magnética que  alcanzan velocidades impresionantes sin contaminar, conectando ciudades de manera eficiente. Además, se están desarrollando barcos autónomos que navegan guiados por satélites, facilitando el comercio y el transporte sostenible.

La clase imaginó un mundo más conectado y respetuoso con el medio ambiente.


Pero algo muy importante que ya está sucediendo en este lugar es que


—La inteligencia artificial en la educación permite adaptar el aprendizaje a cada estudiante, ofreciendo contenidos personalizados que se ajustan a su ritmo y estilo. Además, la diversión convierte el estudio en una experiencia motivadora.


Los estudiantes aplaudieron, entusiasmados por aprender de manera más efectiva y divertida.


—Con estas herramientas, pueden componer música, crear arte digital, desarrollar videojuegos y explorar nuevas formas de expresión. La tecnología potencia su creatividad y les permite compartir sus obras con el mundo.


La clase se llenó de ideas y proyectos que querían comenzar de inmediato.



—Recuerden que la tecnología es una herramienta poderosa, pero depende de nosotros usarla con responsabilidad y ética. Juntos, podemos construir un futuro más justo, sostenible y lleno de oportunidades para todos.


Los estudiantes se sintieron inspirados, comprendiendo que ellos son los protagonistas del cambio y que, con conocimiento y empatía, pueden transformar el mundo.


Sara pidió a la AI que proyectara imágenes de una de esas ciudades donde ya se aplica la tecnología moderna en trasporte, en el comercio ,en los hospitales y en los hogares. Los alumnos quedaron fascinados y dispuestos a dar su mejor esfuerzo para aprender y emprender sus propios proyectos.

Sara se sintió que estaba en el sitio correcto, su gente pronto entraría en ese concierto de la modernidad pero sin perder sus valores, eso era lo importante.

Morir con dignidad


Una tarde platicando con el abuelo le pregunte si era verdad la historia de su hermano Julián ,quien había decidido una muerte asistida, para  lo cual tuvo que luchar contra las ideas que imperan en nuestra sociedad.

El abuelo suspiró, miró hacia la ventana como si buscara en el cielo estrellado las palabras par contar los sucedido.

Título: “El último acto de libertad”


Desde que le diagnosticaron la enfermedad, Julián supo que su vida cambiaría radicalmente. A sus 48 años, enfrentaba una condición incurable que, con el tiempo, le arrebataría su autonomía y le sumiría en un sufrimiento constante.


Durante meses, se sometió a tratamientos experimentales, con la esperanza de encontrar alivio o, al menos, una mejora en su calidad de vida. Sin embargo, los resultados fueron desalentadores. Cada día era una lucha, no solo contra el dolor físico, sino también contra la carga emocional que su situación imponía a sus seres queridos.


Un día, Julián tomó una decisión: quería poner fin a su sufrimiento de manera digna y en paz. No deseaba prolongar una existencia que, para él, había perdido sentido. Su elección no estaba motivada por la desesperación, sino por la convicción de que la vida, cuando se convierte en una fuente incesante de dolor, puede y debe ser concluida con dignidad.


Comunicó su decisión a su familia, quienes, aunque inicialmente impactados, comprendieron y respetaron su voluntad. Julián expresó su deseo de despedirse de todos, de compartir momentos significativos y de dejar recuerdos imborrables. Organizó encuentros, escribió cartas y grabó mensajes para aquellos que amaba.


Carta de Julián: “El valor de decidir”


Queridos amigos y seres queridos:


He vivido con intensidad, he amado profundamente y he enfrentado desafíos que nunca imaginé. Ahora, en esta etapa final de mi vida, deseo compartir con ustedes mis pensamientos y sentimientos.


La vida es un regalo precioso, lleno de momentos de alegría, aprendizaje y conexión. Sin embargo, cuando el sufrimiento se vuelve constante y la calidad de vida se desvanece, creo que es válido considerar la opción de partir en paz.


Mi decisión de optar por una muerte digna no nace de la desesperación, sino del deseo de liberar a mis seres queridos y a mí mismo de un sufrimiento innecesario. No quiero que mi partida sea motivo de tristeza, sino de reflexión sobre la importancia de vivir con dignidad hasta el final.


Espero que, al compartir mi elección, podamos abrir un espacio de diálogo y comprensión sobre el derecho a decidir sobre nuestra propia vida y muerte. La muerte no debe ser un tabú, sino una parte natural de nuestra existencia, que merece ser abordada con respeto y empatía.


Con amor y gratitud,


Julián





Finalmente, en un entorno sereno y rodeado de sus seres queridos, Julián se despidió del mundo. Su partida no fue un acto de desesperación, sino una afirmación de su derecho a decidir sobre su propia vida y muerte.


Este relato busca reflejar la importancia de respetar las decisiones individuales en situaciones de sufrimiento extremo. Algo que nos invita a reflexionar profundamente.