EL RECUERDO DE AQUELLA NOCHE
Casi a la medianoche, Antonio se detuvo frente al ventanal de su residencia. El frío era intenso, de esos que se sienten incluso a través del cristal. Fue entonces cuando algo en el parque llamó su atención.
Una joven trepaba con sorprendente agilidad a la pequeña caseta de los juegos infantiles. Sus movimientos eran precisos, decididos, como si no fuera la primera vez que lo hacía. Parecía tener la clara intención de pasar ahí la noche.
A Antonio le pareció una locura.
Con ese frío, nadie en su sano juicio dormiría casi a la intemperie.
Se quedó observando unos minutos, esperando verla bajar, convencido de que cambiaría de idea. Pero no lo hizo. Entonces decidió actuar. Tomó un cobertor y un pequeño cojín, salió de su casa y se acercó con cautela, impulsado más por la preocupación que por la curiosidad.
Cuando se los ofreció, ella los recibió con naturalidad, casi como si los hubiera estado esperando.
—Gracias, que pases buena noche —dijo.
Nada más.
La frase, dicha con una calma desconcertante, cerró cualquier intento de conversación. Antonio regresó a su casa con una sensación extraña, como si hubiera cruzado apenas el borde de algo que no alcanzaba a comprender.
A la mañana siguiente, la joven regresó el cobertor y el cojín. Seguramente había deducido de qué ventanal provenían. Dio las gracias y estaba a punto de marcharse cuando Antonio, impulsivamente, la invitó a pasar a tomar un café.
—Prefiero té —respondió ella.
Antonio le cedió el paso. Mientras caminaba detrás de ella, no pudo evitar mirarla con atención: era muy bonita. Tenía grandes ojos color café claro, nariz fina, labios ligeramente carnosos y un semblante de alegría que no correspondía con alguien que había pasado la noche casi a la intemperie.
Se sirvieron el té. Ella tomó una manzana, la partió en pedazos sobre un plato; hizo lo mismo con un pan. Entonces comenzó algo que a Antonio le parecería, más tarde, una especie de juego.
Un bocado.
—¿Por qué me llevaste el cobertor?
Otro bocado.
—¿Vives solo?
Un sorbo de té.
—¿En qué trabajas?
Un pedazo de manzana.
—¿Tienes hermanos?
Así continuó el interrogatorio: qué deporte practicaba, cuál era su pasatiempo favorito, cómo ocupaba sus días. Cuando terminó su té y su manzana, ella sabía exactamente lo que quería saber sobre su anfitrión.
—Nunca había tomado este té ni comido esta manzana con pan —dijo sonriendo—. Fue delicioso. Y un gusto conocerte. Gracias por todo.
Se presentó como Elizabeth, aunque sus amigos le decían Liza. Aseguró, con una naturalidad desconcertante, que estaba segura de que él sería su amigo.
Caminó hacia la puerta, se despidió y, al salir, vio un taxi. Le hizo la señal, subió y antes de perderse en la calle, levantó la mano en un gesto de despedida, sonriendo.
Antonio se quedó inmóvil.
Como si acabara de despertar de un sueño.
Con el paso de los días se convenció de que Liza era real. Y muy especial. En reuniones posteriores comenzaría a conocerla mejor, a admirar su estilo de vida, su belleza, su inteligencia y esa alegría genuina con la que disfrutaba cualquier detalle: las personas, las conversaciones, los encuentros inesperados.
Más adelante sabría también de su contacto con personas importantes en distintos ámbitos y de los altos ingresos que obtenía gracias a sus diseños arquitectónicos.
Pero esa…
es una historia que se irá contando poco a poco.
EL APRENDIZAJE DE LOS INSTANTES
Con Liza, Antonio comprendió algo que le pareció maravilloso y, al mismo tiempo, sencillo:
la razón por la cual ella disfrutaba cada instante.
Cada comida, cada bebida, cada relación, cada suceso lo vivía con una atención plena, casi reverente, porque sabía que nada se repetía. Nada.
Nunca puedes beber la misma agua dos veces, ni comer la misma comida, ni caminar el mismo sendero. El mundo no ocupa el mismo espacio, el tiempo no es idéntico y las personas, incluso una misma, son distintas cada día.
Todo cambia.
Y en esa fugacidad estaba el valor.
Otra cosa que sorprendió profundamente a Antonio fue su altruismo. Liza tenía una forma peculiar y silenciosa de compartir. En algunos parques y espacios públicos donde los niños colocaban pequeñas obras —dibujos, figuras de plastilina, construcciones improvisadas—, ella dejaba discretamente pequeños obsequios. Antes les había contado un cuento: un duende invisible intercambiaba las obras por regalos, como recompensa a la creatividad.
Así, sin discursos ni aplausos, fomentaba la imaginación de los pequeños, sembrando la idea de que crear siempre tenía sentido.
Con el tiempo, Antonio conoció a uno de los directores de una de las compañías constructoras más importantes del país. Fue él quien, casi con asombro, le habló de Liza: había recibido varios reconocimientos por sus aportaciones a la arquitectura moderna. Aportaciones que, según decía, habían cambiado la forma de concebir algunos espacios urbanos.
A Antonio le resultó difícil conciliar esa imagen con la mujer que conocía. Era increíble que, a tan temprana edad, hubiera revolucionado la construcción con ideas tan audaces y humanas. Entonces comprendió algo más: Liza tenía altos ingresos, pero su trabajo parecía no ser más que un juego para ella, un acto creativo que disfrutaba sin solemnidad.
Un día, la acompañó a una exposición de pintura al óleo de uno de sus amigos. El viaje en auto duró tres horas, pero valió cada minuto. Las obras eran magníficas: hiperrealismos de animales que parecían respirar dentro del lienzo.
Antonio se quedó largo rato frente a uno de ellos. Un gorila, tan detallado que parecía a punto de salir del bastidor. Liza se acercó y se quedó a su lado. No dijo nada. Ambos contemplaron la pintura en silencio, como si el tiempo hubiera decidido detenerse un momento.
Al despedirse del artista, emprendieron el regreso, pero decidieron detenerse en una cabaña en el bosque. Aquella noche fue una experiencia maravillosa. Lejos del ruido y las agendas, Antonio pudo conocerla mejor: su forma de pensar, de observar, de reír, de estar presente.
Los días con Liza eran así.
No se parecían a la vida cotidiana.
Eran como un viaje al paraíso.
LA Impermanencia
Liza siempre enfatizaba la impermanencia como uno de los factores esenciales de la vida. Decía que intentar detener lo que es imparable —el tiempo, los cambios— solo servía para complicar lo que en esencia era sencillo.
La vida continúa.
Las cosas se transforman.
Evolucionan hasta el punto en que, con los años, puede dejar de reconocerse aquello que alguna vez se apreció profundamente.
No lo decía con tristeza, sino como una advertencia suave, casi amorosa. Un llamado a reconocer la importancia de habitar el momento presente, de no aferrarse, de no intentar retener lo que por naturaleza está destinado a cambiar.
Y así fue.
Liza desapareció como había aparecido: de manera inesperada, sin explicaciones, sin despedidas largas. Simplemente dejó de estar.
Antonio siguió adelante, pero no pasó un solo día sin que volviera a pensar en ella. A veces se preguntaba si todo había sido real, si no había sido solo un sueño particularmente vívido, un relato que su mente había construido con el paso del tiempo.
Tal vez fue solo una vivencia.
Un cuento.
Una historia que inventó en un momento de su vida que ahora ha olvidado.
Pero cada vez que disfrutaba un instante sin intentar retenerlo, cada vez que comprendía que nada se repite y que todo es fugaz, Antonio sabía que, de algún modo, Liza había existido.
Porque hay encuentros que no necesitan permanecer para ser verdaderos.
Basta con que nos transformen.
JuanAntonio Saucedo Pimentel
El cuadro del gorila en tamaño natural que llegó después de que publique la historia está en la sala y cada vez que lo veo pregunto donde estará Ella.