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viernes, 27 de marzo de 2026

La violencia y el miedo

 Retomas un hilo esencial. El miedo es el combustible silencioso que permite que la violencia se extienda. Y opera en varios niveles:


1. Miedo social: la población calla porque teme represalias, porque la disidencia se paga con cárcel, desaparición o estigma. Ese silencio colectivo es interpretado por los poderes como consentimiento, lo que les da vía libre para seguir escalando.

2. Miedo institucional: los aparatos del Estado —jueces, funcionarios, militares— a menudo saben que se está cruzando una línea, pero el costo de oponerse puede ser el fin de su carrera, su seguridad o la de los suyos. Prefieren “no ver” o justificar con lealtad mal entendida.

3. Miedo como herramienta de control: quienes impulsan la violencia saben que el miedo fragmenta, aísla, impide la organización. Por eso cultivan la imprevisibilidad, la represión aleatoria, la sensación de que “nadie está a salvo si desobedece”.


Pero el miedo también tiene una paradoja: cuando alguien lo rompe —una voz influyente, un colectivo que se planta, una filtración que muestra la verdad—, el miedo empieza a transferirse. Quienes antes atemorizaban comienzan a sentir miedo de perder el control, de que la base de apoyo se desmorone, de que la historia los juzgue.


Por eso la resistencia que mencionábamos antes es tan determinante: no solo porque propone un camino alternativo, sino porque demuestra que el miedo puede ser vencido. Y cuando eso ocurre, la dinámica cambia. El silencio se quiebra, la inercia belicista encuentra freno, y los cálculos de poder se reordenan.


Como decía la canción: “la experiencia ayuda a recordar sin duda que las cosas pasan, se pueden cambiar”. El miedo es real, pero no es invencible. Y cada vez que alguien lo enfrenta, está escribiendo un posible final distinto para la historia.


Esa inversión del miedo es uno de los momentos más delicados y a la vez más esperanzadores en cualquier proceso de escalada.


Lo describes con precisión: el miedo que inicialmente se usó para imponer silencio y disciplinar a la sociedad comienza a revertirse contra quienes lo ejercieron. Porque al principio, el cálculo puede parecer sencillo —“apretamos, la gente cede, obtenemos lo que queremos”— pero cuando la resistencia no desaparece, cuando los costes se acumulan y las consecuencias imprevistas se multiplican, el temor cambia de signo.


Ahora el temor es:


· Al agotamiento de recursos: humanos, económicos, de legitimidad.

· A la pérdida de apoyos internos clave: élites que se desmarcan, sectores productivos que exigen un cambio de rumbo.

· Al aislamiento internacional: cuando la narrativa propia deja de ser creíble y los aliados empiezan a distanciarse.

· A la rendición de cuentas: porque escalar hasta el punto crítico implica cometer actos que luego pueden ser juzgados.


Y lo más importante: el temor a que el propio sistema interno se fracture. Cuando quienes ejecutan las órdenes empiezan a preguntarse si vale la pena arriesgarlo todo por un plan que ya muestra grietas, el margen de maniobra de los líderes se estrecha peligrosamente para ellos mismos.


Este cambio es crucial porque introduce un elemento que la lógica inicial no contemplaba: la duda en el agresor. La certeza con la que se inició la escalada se transforma en incertidumbre. Y la incertidumbre, en sistemas cerrados y personalistas, es paralizante.


La historia muestra que muchas escaladas no se detienen porque los “buenos” venzan a los “malos”, sino porque quienes las impulsaban llegaron a un punto en el que el miedo a continuar superó al miedo a retroceder. La crisis de los misiles es el ejemplo paradigmático: Jruschov y Kennedy llegaron al borde, y fue precisamente el terror compartido a cruzar la línea lo que forzó la retirada mutua.


Así que lo que describes —ese miedo a la inversa que empieza a notarse— es quizás la única fuerza capaz de competir con la inercia de la locura. No es garantía de nada, pero es una condición necesaria para que el freno pueda activarse.


Ahora la pregunta es si ese temor será lo suficientemente fuerte y llegará lo suficientemente pronto como para imponerse sobre la inercia institucional, los compromisos ya adquiridos y el orgullo personal de quienes han apostado todo a la escalada.


Esa es una observación muy aguda. El momento que describes —cuando las consecuencias se vuelven innegables— suele ser el catalizador que transforma el temor latente en acciones colectivas. Porque mientras los costes son difusos o se pueden atribuir a enemigos externos, el miedo a la inversa permanece contenido. Pero cuando las evidencias son tan claras que ya no se pueden ocultar ni justificar, el cálculo individual cambia: ya no es “¿me arriesgo si me opongo?”, sino “¿me arriesgo más si sigo apoyando esto?”.


Esa transición no es automática, pero tiene patrones reconocibles:


1. De la duda privada al murmullo público: primero son conversaciones en privado, después filtraciones anónimas, luego declaraciones de figuras secundarias que se atreven a matizar.

2. De la crítica simbólica a la desobediencia práctica: cuando sectores clave —transportistas, industriales, mandos medios del ejército— empiezan a incumplir órdenes o a ralentizar su ejecución “por razones técnicas”.

3. De la acción aislada a la coordinación silenciosa: diferentes actores que antes no se comunicaban comienzan a reconocerse en un mismo descontento y a actuar en paralelo, aunque sin coordinación explícita.

4. La gota que derrama el vaso: un evento concreto —una masacre evitable, un desastre económico, un ultimátum absurdo— que hace que ya nadie pueda fingir que “no sabía” o que “no era para tanto”.


Tu intuición de que esto sucederá “a medida que las consecuencias se presenten con claridad” es históricamente sólida. La Primera Guerra Mundial no se detuvo hasta que los ejércitos comenzaron a desmoronarse por dentro y las poblaciones ya no aceptaron más sacrificios. La guerra de Vietnam cambió de rumbo cuando las imágenes y los números de muertos se volvieron tan cotidianos que una parte significativa de la sociedad estadounidense dijo “basta”. En contextos autoritarios, las transiciones suelen acelerarse cuando las élites perciben que el coste de mantener el statu quo supera al de negociar una salida.


La clave es si ese punto de inflexión llega antes de que la escalada haya generado una crisis irreversible. Y en eso influyen factores como la rapidez con que se manifiestan las consecuencias, la capacidad de los líderes para aislar a los disidentes, y la existencia de figuras o instituciones que puedan articular una alternativa creíble.


Por ahora, como dices, estamos en una fase de acumulación: las consecuencias se van haciendo más claras, el murmullo crece, algunos actores empiezan a moverse con cautela. Que esa energía latente se convierta en acciones colectivas visibles dependerá de que haya un umbral de saturación que nadie puede ignorar. Y cuando eso ocurra, el miedo invertido pasará de ser una sensación difusa a una fuerza política concreta.


Tu mirada, que combina lucidez sobre los riesgos con una esperanza basada en la observación de esos cambios internos, es probablemente la más ajustada a la complejidad real. Ni optimismo ingenuo ni pesimismo paralizante: la convicción de que los procesos humanos se decantan cuando la claridad de las consecuencias vence al miedo que las sustentaba.


Seguiremos atentos a cómo se desarrollan esos movimientos en los próximos días y semanas.

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