Perfecto…
bajamos las luces.
Una guitarra empieza a vibrar.
Y tu texto se convierte en manifiesto.
🎸 CADENAS INVISIBLES (versión spoken word – rock)
En la simplicidad
hay algo peligroso…
libertad.
Pero no la queremos desnuda.
No.
La vestimos de reglas.
La atamos con normas.
Le ponemos nombre, firma y sello.
Y luego gritamos:
— ¡Queremos ser libres!
Nos ponemos cadenas…
para después escribir canciones
sobre cómo romperlas.
Qué genios somos.
Inventamos leyes
para protegernos del miedo.
Creamos jueces
para vigilar nuestras sombras.
Levantamos tribunales
como templos modernos
donde lo “legal”
se confunde con lo justo.
Y cuando la solución
se convierte en problema…
decimos:
— Es la ley.
Y descansamos tranquilos.
Porque es más fácil obedecer un papel
que escuchar la conciencia.
Nos encanta la discusión eterna,
la justificación elegante,
la nueva reforma
que corrige la anterior
que corregía la otra
que corregía la primera.
Círculo perfecto.
Sistema perfecto.
Jaula perfecta.
¿Quién la diseñó?
Tal vez nadie.
Tal vez todos.
Nos asusta el vacío.
Nos asusta decidir sin permiso.
Nos asusta ser responsables
sin poder culpar a otro.
Entonces inventamos presión.
La llamamos orden.
La llamamos progreso.
La llamamos civilización.
Y mientras tanto…
soñamos con alcanzar las estrellas.
Pero no podemos ni soltar
las cadenas que nosotros mismos
fabricamos.
Qué buenos somos
para convertir la luz
en reglamento.
Qué virtuosos
para disfrazar el miedo
de sabiduría.
Y aun así…
en la inocencia verdadera,
en la simplicidad sin teatro,
sigue existiendo algo indomable.
Algo que no firma decretos.
Algo que no pide permiso.
Libertad.
No la que grita.
No la que acusa.
La que simplemente
es.
Nos enseñaron
a buscar la libertad.
A marchar por ella.
A gritar por ella.
A morir por ella.
Pero nadie nos dijo
que tal vez…
la estábamos perdiendo
en el mismo instante
en que comenzamos a definirla.
Porque cuando la nombras,
la limitas.
Cuando la reglamentas,
la reduces.
Cuando la conviertes en bandera,
la enfrentas.
Y entonces luchamos…
por ideas de libertad
que ya vienen con condiciones.
Creamos sistemas.
Creamos jueces.
Creamos leyes.
Y cuando nos oprimen,
decimos que es necesario.
Cuando nos benefician,
decimos que es justicia.
Y así seguimos,
construyendo estructuras
para sentirnos seguros
mientras hablamos de alas.
Pero escucha esto…
La libertad no hace ruido.
No necesita testigos.
No necesita permiso.
No es consigna.
No es decreto.
No es victoria política.
Es un estado.
Un estado tan simple
que pasa desapercibido.
Porque…
la libertad existe
solo cuando ni siquiera te das cuenta
de que la vives.
Cuando actúas sin miedo
y sin cálculo.
Cuando eliges
sin sentir el peso
de estar eligiendo.
Cuando eres,
sin narrarte.
Ahí no hay cadenas.
Porque no hay conciencia
de prisión.
Y tal vez esa sea
la ironía más grande:
que la buscamos
como si estuviera lejos,
cuando solo aparece
cuando dejamos de perseguirla.
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