El sendero de los esqueletos dorados
Había una vez un hombre que cada día caminaba por el sendero que atravesaba su propiedad hasta su cabaña. El terreno abarcaba varias hectáreas, y él amaba esa tierra con la tranquila devoción de quien no necesita poseer más que lo justo.
Un día, descubrió que en medio del sendero había brotado un árbol extraño, desprovisto por completo de follaje. Sus ramas se alzaban como brazos esculpidos por un artista invisible, y al hombre le pareció tan bello que lo consideró una obra de arte. Sin pensarlo dos veces, comenzó a esparcir sus semillas a ambos lados del camino.
Diez años después, el sendero se había transformado. Los árboles, siempre sin hojas, de un amarillo pálido como hueso viejo, habían crecido entrelazando sus ramas hasta formar un arco cerrado y continuo. Quienes transitaban por allí sentían que caminaban bajo la catedral más prodigiosa jamás concebida. Algunos lo llamaban obra de arte natural. Otros, más técnicos, aseguraban que aquella estructura sin follaje era digna de estudio: una maravilla de resistencia y simetría, como esqueletos que hubieran aprendido a bailar juntos.
Un científico curioso tomó una pequeña rama. La llevó a su laboratorio y comenzó a analizar sus propiedades. Por azar, le dio un pedacito a su perro para que jugara. Al poco tiempo, el animal, ya viejo y cansado, recuperó el brinco del cachorro.
El científico, conteniendo la respiración, probó en sí mismo. Y la juventud sagrada —esa que borra arrugas, repara tejidos, disuelve enfermedades y hace retroceder al tiempo— lo invadió como un río que desborda.
Nadie supo cómo, pero el secreto se filtró.
Lo que vino después fue la feria de los buitres. Laboratorios farmacéuticos ofreciendo fortunas por el terreno. Gobiernos reclamando el árbol como patrimonio universal. Ejércitos privados custodiando los accesos. Abogados redactando patentes sobre semillas que nadie había plantado. El hombre de la cabaña, que solo quería seguir caminando bajo su hermoso túnel amarillo, fue arrinconado, amenazado, comprado y traicionado en una sola semana.
Las naciones más poderosas exigieron su parte. Luego las menos poderosas también. Luego las alianzas se rompieron. Luego los misiles comenzaron a hablar el único idioma que los ambiciosos entienden cuando ya no entienden nada.
Un desquiciado, harto de las disputas, lanzó un bombardeo sobre el sendero.
Cuando las cenizas se disiparon, no quedaba ni un solo esqueleto dorado. Ni una rama. Ni una semilla. Solo un cráter humeante donde antes un hombre caminaba hacia su cabaña, maravillado por la belleza inútil de un árbol sin hojas.
Y el perrito del científico volvió a envejecer. Y las enfermedades regresaron. Y la muerte recobró su trono.
Pero los dueños de los laboratorios, los generales y los políticos siguieron discutiendo en las salas de conferencias sobre quién había tenido la culpa, mientras afuera, en el mundo, nada había cambiado, salvo que ya no quedaba juventud para nadie.
El absurdo no fue el bombardeo. El absurdo fue que tantos seres “inteligentes” prefirieron poseer el secreto de la vida antes que vivirla.
JuanAntonio Saucedo Pimentel
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