[El viajero ]
No elegí ser lo que soy.
Eso fue lo primero que comprendió aquella mañana.
No elegí nacer.
No elegí el momento, ni el lugar, ni las circunstancias. No elegí a las personas que estarían a mi alrededor, ni las preguntas que algún día comenzarían a perseguirme.
Tampoco elegí este cuerpo, este rostro, esta manera de sentir.
Simplemente aparecí.
Y aquí estoy.
Un viajero en un mundo cuyo destino desconozco.
Durante mucho tiempo había vivido como todos los demás. Aprendió a caminar, a hablar, a trabajar, a relacionarse. Aprendió las costumbres de su comunidad y aceptó muchas de las explicaciones que recibió.
Había aprendido incluso a comportarse como un ser humano.
Pero aquella expresión le provocaba ahora cierta extrañeza.
“Comportarse como un ser humano”.
¿Qué significaba realmente?
Miraba a sus semejantes y descubría que todos parecían estar en la misma situación.
Todos habían llegado sin ser consultados.
Todos buscaban algún lugar donde sentirse seguros.
Todos construían proyectos sobre un futuro que nadie podía garantizar.
Todos amaban, sufrían, esperaban, temían, imitaban.
Y, de una manera u otra, todos preguntaban.
¿Por qué estoy aquí?
Algunos encontraban respuestas en la religión.
Otros, en la ciencia.
Otros, en el trabajo, en la familia, en el dinero, en el poder o en el placer.
Cada quien construía sus propias referencias para orientarse en aquel enorme territorio desconocido.
Él también lo había hecho.
Necesitaba un marco para comprender su existencia.
Había reunido ideas, experiencias, recuerdos, conocimientos y emociones. Había observado el mundo y había construido dentro de sí una especie de mapa.
Pero sabía que un mapa no era el territorio.
Y aquella diferencia lo inquietaba.
“Soy”, pensaba.
“Existo”.
Pero ¿qué significaba existir?
Tal vez era aquello que pensaba.
Tal vez era aquello que hacía.
Tal vez era la combinación de ambas cosas.
Cada pensamiento modificaba ligeramente su manera de mirar el mundo.
Cada acción dejaba una pequeña huella.
Y, sin embargo, comprendía que aquello que llamaba “yo” también era un reflejo de lo que había percibido.
Su historia.
Las personas que había conocido.
Los lugares donde había estado.
Las palabras que había escuchado.
Las pérdidas.
Los descubrimientos.
Los afectos.
Todo aquello había participado en la construcción de quien creía ser.
Entonces apareció otra pregunta:
Si soy en parte el resultado de todo lo que he percibido, ¿cuánto de mí pertenece realmente a mí?
No encontró respuesta.
Y no se desesperó.
Había aprendido que algunas preguntas podían acompañarnos durante toda la vida sin necesidad de ser resueltas.
A veces pensaba que detrás de todo aquello existía una verdad.
Una verdad enorme, sencilla y profunda, que estaba ahí desde siempre, pero que su mente no tenía capacidad para alcanzar.
Otras veces sospechaba exactamente lo contrario.
Quizá no había ninguna verdad esperando ser descubierta.
Quizá todo aquello era una inmensa historia que los seres humanos habían inventado para soportar la incertidumbre.
Una mentira disfrazada de certeza.
No sabía cuál de las dos posibilidades era más inquietante.
Pero había algo que sí conocía.
Sentía.
Las emociones lo mantenían despierto.
La alegría podía cambiar completamente un día.
La tristeza podía convertir una habitación llena de gente en un lugar solitario.
El miedo podía detenerlo.
La esperanza podía hacerlo caminar cuando ya no encontraba razones.
Y la pasión…
La pasión era diferente.
La pasión no le pedía explicaciones.
Simplemente aparecía.
Lo impulsaba a crear, a explorar, a imaginar.
A veces surgía mientras escribía.
Otras, cuando escuchaba música.
En ocasiones nacía de una conversación inesperada o de contemplar algo tan sencillo como un árbol moviéndose con el viento.
Entonces comprendió que quizá había estado buscando demasiado lejos.
Una tarde salió a caminar.
El sol comenzaba a desaparecer.
La brisa movía suavemente las hojas de los árboles.
No había ninguna respuesta escrita en ellas.
Ningún mensaje secreto.
Ninguna explicación definitiva.
Y, sin embargo, sintió algo.
Una especie de calma.
Pensó que tal vez el amor no necesitaba una definición perfecta.
Quizá estaba allí, respirando en el movimiento suave de la brisa.
En el abrazo de alguien querido.
En una mirada.
En una canción.
En el deseo de ayudar.
En la necesidad de compartir aquello que uno descubre.
Quizá el amor no explicaba por qué existimos.
Pero hacía que existir tuviera un significado.
Continuó caminando.
Había aceptado algo que durante años le había costado comprender:
No tenía que conocer el destino para disfrutar del viaje.
No necesitaba poseer la verdad para buscarla.
No tenía que ser perfecto para vivir.
Ni siquiera necesitaba estar seguro de quién era para seguir descubriéndose.
Era un viajero.
Eso era suficiente.
Un viajero que había llegado sin elegir el momento ni el lugar.
Un viajero que compartía el camino con millones de otros viajeros con su propias inquietudes, su preguntas y su forma de interpretar.
Sabía que ignoraba lo esencial siendo un viajero que podía equivocarse, Amar,
Crear,
Cuestionar ,
Cooperar,
Reír,
Llorar,
Entre otras muchas cosas,
Y continuar.
Antes de regresar a casa se detuvo.
Miró el cielo.
Y volvió a formular la pregunta que lo había acompañado durante tantos años:
¿Por qué estoy aquí?
Esta vez no esperaba una respuesta.
Sonrió.
Quizá la pregunta misma formaba parte del viaje.
Y siguió caminando.
Mientras la brisa recorría suavemente su cuerpo sintió que algo dentro de él que inspiraba a seguir el camino,
No sabía si aquello era una respuesta.
Pero, por el momento,
era suficiente.
:::JuanAntonio Saucedo Pimentel
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