ESPEJISMO
La frustración y la desilusión
nacen muchas veces de las expectativas,
de esos deseos que construimos
y que después no podemos cumplir.
Queremos alcanzar aquello que imaginamos,
y por conseguirlo luchamos,
nos esmeramos,
ponemos empeño,
avanzamos contra el viento
y buscamos entre espejismos
cuando el primero se nos escapa.
Y algunas veces sucede algo extraño:
un error termina convirtiéndose en un acierto,
un camino equivocado nos lleva
a un lugar que nunca habíamos imaginado.
La falta de agua en el desierto
no siempre consigue detener al viajero.
Cuando cree que todavía existe un oasis,
sigue caminando.
Sigue buscando aquello que piensa
que algún día habrá de hacerlo feliz.
Pero una tarde, agotado,
se detuvo.
Miró aquello que llevaba consigo
y comprendió que no solamente cargaba
con sus pertenencias.
También llevaba expectativas.
Deseos.
Miedos.
Recuerdos.
Ideas sobre lo que debía ser.
Imágenes de una felicidad
que quizá nunca había sido realmente suya.
Entonces comprendió algo doloroso:
tal vez no siempre necesitamos conseguir más
para encontrar la felicidad.
A veces necesitamos soltar.
Soltar aquello que nos dijeron que debíamos ser.
Soltar aquello que perseguimos
solamente porque alguna vez imaginamos
que nos haría felices.
Soltar incluso algunas de nuestras certezas.
Porque mientras caminamos cargando con todo eso,
podemos estar tan concentrados en llegar
que dejamos de observar el camino.
Y quizá la verdad que buscamos
no está en el destino.
Quizá está escondida
debajo de todo aquello que llevamos encima.
El viajero volvió a mirar el desierto.
Seguía siendo un desierto.
No había aparecido mágicamente un oasis.
Pero algo había cambiado.
Ya no lo miraba con desesperación.
Lo miraba con atención.
Y por primera vez se preguntó:
¿Y si mi verdad no consiste
en alcanzar todo aquello que deseo?
¿Y si consiste en descubrir
qué deseos realmente son míos?
Se quitó parte de la carga.
Respiró profundamente.
Y continuó caminando.
No porque supiera dónde estaba el destino,
sino porque por fin comenzaba a descubrir
quién era el que caminaba.
:::JuanAntonio Saucedo Pimentel
No hay comentarios:
Publicar un comentario