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viernes, 15 de julio de 2016

Cuando niño

   Mi padrino vendía materiales para construcción y los cerros de arena, tabiques, mosaicos , maderos, eran mis juguetes, en ellos construí túneles, puentes, edificios, cuevas en las que mi imaginación ubicaba heroes, villanos, fieras, invasores y defensores de ciudades donde siempre victoriosos mis amigos imaginarios se proclamaban reyes, príncipes, generales o algo por el estilo.
  De la casa de los perros sacaba uno de los trapos que les dejaban para que se echaran sobre ellos, eso no les parecía en lo absoluto y me perseguían por el patio intentando quitármelo, aprendí a torearlos y me sentía todo un matador en la plaza donde el gran público aclamaba la corrida. Mi imaginación era como la de otros niños, contaba con el cariño y el apoyo de una familia donde además de mi padrino Simón, estaba su hijo Manuel, que también era mi padrino, su esposa Amalia y tres hijas, Martha, Estela y Elvia, que era la menor y entonces andaba por los catorce o quince años, por lo que yo era como un hijo o un juguete para ellas, me permitían  casi cualquier cosa siempre y cuando cumpliera con mis tareas que no eran mucho y con estar al lado de mi padrino por las noches para rezar el rosario en familia, hincado, a punto de dormirme repetía las oraciones y letanía como si fuera una grabadora, sin tomar sentido a lo que decía, sin entender mucho del  ritual que me adormecia de tal modo que no sabía de que modo llegaba hasta la cama. 
  Por entonces no me enviaban a ninguna escuela, el kinder no existía en esa colonia, o por lo menos no para mi, nunca supe que algún otro niño asistiera, me imagino que aún no se popularizaba en la ciudad, de tal modo mi tiempo para los juegos era prácticamente de todo el día, con pequeñas pausas para tomar un baño, los alimentos y hacer alguna otra pequeña tarea, entre las cuales estaba acompañar algunas veces a Elvia o a Estela al mercado.  Recuerdo que una vez me dijeron que me darían un peso si le daba una mordida a un chile verde, sin imaginarse el daño que me causaron y el castigo que les impusieron por semejante ocurrencia. Mi mayor recompensa era que me compraran un esquimo de fresa, era algo que de verdad disfrutaba y no perdía oportunidad de ir con la ilusión de que una de esas deliciosas bebidas se pondría a mi disposición . 
  Que tiempos señores! a los perros los amarraban con longaniza y no se la comían, bueno no tanto, pero si fue una época de abundancia en la que no me faltaba nada, me sentía seguro, amado, apoyado en lo que deseaba. 
La señora Amalia era dueña de un taller de costura, principalmente elaboraban trajes de china poblana, el local era muy amplio y estaba situado dentro de los límites de la casa, de tal forma que yo lo visitaba por las tardes cuando se retiraban las trabajadoras. Era todo un campo de aventura, ahí con los alfileres, lentejuela, telas, imanes, hacía toda clase de obras que envidiaría Dalí , creo que fue el inicio de mi pasión por la escultura y la pintura, por la combinación de colores, formas, texturas, lo único que me exigían era que dejara todo en orden, procuraba hacerlo. 

   De la noche a la mañana mi mundo cambió radicalmente, por ahor no he de explicar la razón, en otra ocasión seguramente lo hare, el caso es que fui a vivir en un espacio pequeño con mi madre y tres hermanos, careciendo de lo indispensable, sintiendo la angustia de mi progenitora, viendo la pobreza a mi alrededor, relacionandome con vecinos, niños y niñas que me invitaban a jugar y con los que pronto hice amistad, me involucre en sus travesuras, en riñas y conversaciones como nunca antes lo había hecho, no lo creerán pero este mundo me pareció mucho mejor, donde disfrutar y compartir en un espacio sin límites, porque ahora la calle era nuestro patio de actividades, donde las carreteras pintadas con gis  para jugar con los pequeños autos de juguete eran verdaderas obras     de ingeniería ,se patinaba, corríamos, inventábamos mil aventuras. 

  En los juegos con otros niños se aprende a convivir, se inicia nuestro sentido de liderazgo, se establecen diferencias, afinidades, amistad o enemistad se reconocen, hay una inmensa gama de elementos que van formando nuestro carácter dando sentido a lo que hacemos y dejamos de hacer. 
Cuando defendemos al débil, apoyamos al justo, reclamamos un derecho, no aceptamos una injusticia, pensamos en otros al actuar, nuestra memoria, nuestra experiencia nos dicta que es y no es correcto, todo eso lo hemos adquirido desde niños, con el ejemplo de los mayores, con nuestro propio criterio. Ya entonces se veia quien era tramposo, honesto, busca pleitos, desordenado, disciplinado, ventajista, obediente o rebelde, cómico, amargado; cada uno encontraba su lugar en el grupo, bien que nos arreglabamos para convivir acatando reglas que no estaban escritas, sino producto de las experiencias, porque de todos y cada uno necesitábamos en distintos momentos o por lo menos entendíamos quienes no eran confiables y quienes si.  
   Cuando llegó la televisión a los hogares de las familias de mas recursos la cosa cambió, niños que antes eran pacíficos se convirtieron en traviesos, mal portados como  les nombraban los abuelos y poco a poco de las calles empezaron a desaparecer los que antes jugaban en el grupo para quedar recluidos a merced de la caja boba, como le decíamos a la TV. 
 Yo y mis hermanos corrimos peor suerte, mi madre partió al norte buscando a sus hermanos quienes le habían prometido recomendarle en un buen trabajo, quedamos a cargo de la bisabuela y abuelo maternos, quienes al poco tiempo ya nos internaron en el orfanatorio con la justificación de que era para nuestro bien, porque ahí nos disciplinarian para hacernos hombres de bien, esa fue la peor época de nuestra vida, pero sin duda una experiencia que nos servirá para comprender hasta dónde puede llegar la maldad, la miseria, el abandono, la crueldad para con los niños y la falta de conciencia de una sociedad que olvida a quienes no tienen los medios para vivir dignamente.   Muchos de aquellos niños terminan  siendo verdaderas plagas para la sociedad, resentidos, amargados, viciosos, delincuentes o criminales disfrazados de soldados o policía, dadas las escasas posibilidades que tuvieron para seguir una educación, alcanzar una profesión, sobre todo, una visión adecuada para adaptarse a la sociedad. La heridas ahí sufridas tanto física como emocionalmente les deterioraron el el espíritu y sepultaron cualquier sueño o aspiración que hubieran tenido. 
 en nuestro caso fue solo un año el que permanecimos en esa institución, más que suficiente para no olvidarla y tener en consideración a quienes tienen que soportar durante mucho tiempo esa clase de vida. Esa fue una de las causas por las que deje de creer en las distintas iglesias, en sus predicadores que hablan de caridad, humildad, amor al prójimo mientras esas infelices criaturas están sufriendo todo lo contrario. No comprendía entonces por qué Dios permite tanta injusticia y falsedad, esa hipocresía que lastima el alma en lo mas profundo, era solo un muchacho de trece años que luchaba por subsistir en un mundo violento , falto de humanidad y que anhelaba otra clase de vida. 
   Afortunadamente tres de cuatro lo logramos, hemos llegado lejos, alcanzado objetivos, ayudando a otros cuando ha sido posible, no interviniendo en cosas deshonestas, violentas o injustas,  hasta donde lo permitan las circunstancias, porque hay que ver, si te dejas te pisan, algunas veces no queda otra mas que defenderse y pegar antes de que te peguen, puro instinto de conservación. 

   En otra ocasión he contado por medio de estos escritos como ha sido mi camino, mas exitos de los que hubiera imaginado, gracias a Dios, a la buena voluntad de hombres y mujeres que me brindaron apoyo y algo de mi parte,  esfuerzo y suerte, porque eso es algo que no puedo negar. Algunos de mis graficos

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